-¡No doy más! ¡No aguanto más esta vida despreciable!- Grité desaforadamente enfrentándome con los que me rodeaban. Rápidamente se abalanzaron sobre mí para quitarme el arma que aun permanecía en mi mano. pretendiendo inmovilizarme forcejeaban conmigo tratando de impedir que hiciera lo que sospechaban. Acerqué sin preámbulos el arma a mi sien y los miré desafiante ¿Piensan que intentaré matarme? Interrogué, con los ojos entrecerrados para producir un efecto dramático. Paralizados me miraban ahora, un silencio grueso se esparció por el salón de actos. ¡Nada de eso! grité jubiloso, ¡Los dejo a ustedes y a la vida miserable que llevo en esta compañía! ¡Ni siquiera se han dado cuenta que esta pistola es de utilería, parte del abominable ensayo que hemos estado realizando! Arrojé la pistola por los aires en medio de un oooohhhh genralizado. Riéndome a carcajadas y cogiendo la pistola al vuelo salí de allí disparando a esa multitud amorfa mientras gritaba: Adíos ¡Malas compañías!
"El caballo sin riendas, sin látigo y sin gritos los llevó en un tiempo prudencial a Szwaby, delante mismo de la puerta e la Taberna de la frontera.
Ebenschütz preguntó inmediatamente por la señora Euphemia. No se sentó: le pareció necesario adoptar una especie de actitud oficial, como si hubiese llegado firmemente decidido a asumir la dirección de la taberna. Una actitud oficial -se dijo-, y se quedó de pie al extremo de la escalera, con el sombrero puesto. Pasó tiempo antes que ella bajara. Al cabo de un largo rato, él oyó en la escalera sus tacones, no levantó la vista, pero creyó ver claramente sus pies, aquellos pies estrechos y largos en los zapatos estrechos y largos. Su vestido de muchos pliegues, de un rojo vinoso, susurraba ya. Sobre los escalones duros y desnudos de madera resonaba su paso duro, firme y regular. Eibenschütz no quería mirarla. Prefería mucho más imaginarse cómo andaba ella y cómo se agitaban los muchos, muchos pliegues delicados de su vestido. La escalera hubiera debido tener muchos más escalones. Ahora ella estaba abajo. Ahora ella estaba delante de él. Eibenschütz se quitó el sombrero. Sin mirarla en realidad, por encima de su cabeza, pero de forma que percibía demasiado bien los reflejos negroazulados de su cabello, dijo
-¡Tengo que decirle algo importante! -¡Dígalo entonces! -No, ¡algo muy importante! ¡Aquí no! -Entonces vamos afuera -dijo ella, precediéndolo hacia la puerta
La luna estaba grande y apacible sobre el patio. El perro ladraba incansablemente. El caballo blanco estaba allí atado al portón, y tenía la cabeza baja, como si meditase. Había un perfume embriagadoramente dulce a acacias, y a Eibenschütz le pareció como si todos los olores de aquella noche de primavera vinieran sólo de aquella mujer, como si ella sola pudiera dar a la noche entera perfumes y resplandor y luna y todas las acacias del mundo.
-Hoy estoy aquí en visita oficial- dijo-. Tengo confianza en usted y por eso se lo digo, Euphemia -añadió un momento después-. Ninguno de los acredores debe entra en esta casa. Se me ha encargado administrarla y vigilarla. Si usted quiere, nos llevaremos bien. -Naturalmente- respondió ella- ¿por qué no vamos a llevarnos estupendamente?
Le pareció a Eibeschütz que la voz de ella, en el plateado azul de la noche, sonaba de distinta forma que en la taberna. Aquella voz era fuerte, clara y suave, como si tuviera arcos y bóvedas, y Eibenschütz creyó que podía ver la voz y casi tocarla. Pronto tuvo la sensación de que se curvase sobre su cabeza y él estuviera directamente bajo ella. Sólo al cabo de un buen rato de haberse extinguido comprendió lo que la voz le había dicho, se llevarían bien ¿Por qué no?
-Es estrictamente confidencial- dijo él- ¿Comprende? ¿No dirá nada a nadie? -Nada a nadie- dijo ella tendiéndole la mano, una mano blanca y resplandeciente. Era como si la mano nadara a través de la noche azul plateada.
Él aguardó un momento, mirando largo tiempo aquella mano respalndeciente antes de cogerla. Estaba frí y caliente a un tiempo, y le pareció como si el interior fuera ardiente y el dorso frío. Sostuvo auqella cosa blanca y resplandeciente un largo rato. Cuando la soltó Euphemia se sonrió. En el azul de la noche se vieron claramente sus blancos dientes. Ella se volvió rápida, y su falda de muchos pliegues susurró, muy suavemente, el vestido tenía su propia vida, era una especie de tienda de campaña mágica. Murmuraba, susurraba."
Roth Joseph. El peso falso (Historia de un inspector de pesos y medidas), Siruela, Madrid, 2003. Pags 76-78. Traducción de Miguel Sáenz
"Llegó la mujer. La escalera por la quye bajó estaba a un lado del mostrador. Ella se abrió camino por el ruidoso hervidero de los desertores. Es decir, el camino se abrió realmente solo. Al otro extremo del local, junto a la ventana y frente a la escalera, estaba sentado el inspector Eibenschütz. Vio a la mujer cuando ella estaba en el primer escalón de la escalera. Y en seguida supo que vendría hacia él. Ya en el primer momento de verla en el último escalón de la escalera sintió una sequedad en la garganta, hasta el punto que cogió el vaso de hidromiel y lo vació de un trago. Pasaron unos minutos antes que la mujer llegara a su mesa. Los desertores borrachos se apartaban ante su paso leve. Delgada, esbelta, pequeña con un chal delicado y blanco sobre los hombros, que ella se sujetaba con una mano como si estuviera muerta de frío y ese chal pudiera calentarla, avanzaba segura, con caderas ondulantes y hombros tensos. Su paso era firme y gracioso. Por un momento se oyó el suave golpear de sus altos tacones,mientras los hombres enmudecían y las mujeres la miraban. La mirada de ella se había dirigido enseguida, desde el escalón superior, al inspector Eibenschütz, como si sus ojos precedieran a sus pies.
Cuando llegó hasta él, a él le pareció que por primera vez sabía lo qué era una mujer. Los ojos de ella de un azul intenso, le recordaban el mar, a él que nunca había visto el mar. Su blanco rostro despertaba en él, que conocía muy bien la nieve, la idea de una nieve fantástica y no terrenal, y su cabello negro y azul oscuro lo hacía pensar en las noches del sur, que nunca había visto pero de las que quizás había leído u oído hablar alguna vez. Cuando ella se sentó frente a él le pareció vivir un gran milagro; como si se hubieran sentado a su mesa el mar desconocido, una extraña nieve y una rara noche. Ni siquiera se levantó. Sabía muy bien que uno se levanta ante una mujer; pero no se levantó ante un milagro.Sin embargo, sabía que aquel milagro era un ser humano, y sabía también que era la amiga de Leibusch Jadlowker. Naturalemente, también, Eibenschütz había oído todas las historias sobre la amiga de Jadlowker. Nunca había tenido una idea precisa de lo que se llama "el pecado", pero ahora creía saber que aspecto tenía. Ese aspecto tenía , exactamente el de la amiga de Jadlowker, la gitana Euphemia Nikitsh.
-Euphemia Nikitsh-dijo ella simplemente, sentándose y extendiendo su falda de múltiples pliegues. Él la oyó crujir suave y penetrantemente, en medio del alboroto de los desertores.
-¿No bebe?- preguntó ella, aunque veía ante Anselm Eibenschütz el vaso recién apurado de hidromiel.Él no oyó su pregunta. La miraba fijamente, con los ojos muy abiertos, pensando que, en realidad, era la primera vez que abría los ojos de verdad.-¿No bebe?- preguntó ella otra vez, pero ahora era como si supiera ya que Eibenschütz no podía responderle. Por eso chasqueó fuerte y sonoramente los dedos. Vino Onufrij, el criado. Ella encargó una botella.
Él trajo una botella de aguardiente de noventa grados y otro plato de guisantes secos. El inspector Eibenschütz bebió, ¡pero no porque tuviera ganas! ¡De ningún modo! Bebió sólo porque, desde que la mujer se había sentado allí hacía unos minutos, buscaba inutilmente algo apropiado que decir y confiaba en que se le ocurriría si bebía. Bebió pues, y el aguardiente le ardió fuertemente en la garganta, y comió además los guisantes salados, que sólo acentuaban el ardor. Mientras tanto, delante de él estaba sentada inmóvil, la mujer. Con sus dedos esbeltos y morenos, cada uno de los cuales parecía una mujer diminuta, esbelta y de cabeza rosa y frágil aunque fuerte, estrechaba el vasito. Tampoco sus ojos miraban al inspector Eibenschütz sino al aguardiente claro como el agua. Eibenschütz miraba las pestañas largas, curvadas y de un negro sedoso de la mujer, más negras que su vestido.
"Roth, Joseph. El peso falso (Historia de un inspector de pesas y medidadas) . Siruela, Madrid,2003. pags. 39-41. Traducción de Miguel Sáenz.
sábado, 23 de enero de 2010
el agua que yo descavo
I
-La tierra desataviada no perdura. Sólo caminarás. Invisibles cuerpos reflejan, de tus llameantes ojos in-torcido el dolor que esperas. -(mas, impostergable rumor de bosque y selva; negra había la blanca sombra, costra y ojos, ojos, ojos ya tendrás) -Siguiendo un álgido camino porque, ¿es mejor la palabra leída? -Como lejanas miradas por esas sendas debes, aún pagar lo no recogido; muchos caminos des-percibidos. Me espera una fuente. Que sea suficiente el agua.
II
La-Bio sustancial la tierra suspiro el notocordio. Sí hubierais entregado la hoz, de tan hollada no alcanzaremos no alcanzaremnos no alcanzaremos con este pie la tierra.
III
-La tierra por no habituarte, ya perdonas que la invencible fosa trans-pasa. Actualmente tu memoria extendida en los desiertos del cristal de todas las palabras sabiosustraídas-dessumadas. Amigo-algo-parisino-allá-allí-desorilleantes. Ah. Ah. Ah. Las palabras¡ Divido, divido, las interesantes tan, evasivas letras unidas. Oh et jamais une matin...ou irai-je apres? Sí? Dónde?
IV
Mi extensa tierra -Oh land- Sea, éternel paysage, disipado en frías costas a veces humea de perfil el día tras postergado de sí aquí viéndo uniones que la nieve forzó por esos deshábiles acantilados donde fuentes iguales o mareas o lagunas? de allí las aves vienen a beber. Oh mi extensa tierra te daré arenas y arenas o pequeñísimo polvo, que de repetidos aires flota a la luz de cuidadas azucenas. Dice in-sonido, Cartago
V
-aguas plisadas- oigo tuyo eco superados los filtros para zozobrar aun sumisos los evasivos olvidos.
Presionarán la tierra mía!
-Aquí me esmero si construyo los anhelados que quiero olvidos.
-Aquí como, encierro de la nuez como veo el alto aliento encierro de la nuez la nuez de preciadas construcciones construyo, despellejado de ojos un alternativo dedo para el tiempo. Permeable la tierra aguas plisadas oigo, home-video oh my land aquí te oigo, era ese un cadillac auténtico?
VI
Toda la tierra temes. Espero el bosque ni acá ni allá replegado pero, podrás desoir la selva negra? No, No! toda fotografía termina extraviada igual a ojos cuando...
VII
Desclamores, cada ruego -como ha- bitar de esta tierra. De esta tierra quería su hundimiento, de esta oiría las cabezadas del mar. Oh, tierra más tierra todavía. Qué fue de ayer tus bosques olorosos? Tenue, el cielo descabezado hizo de todo vacío lagos blancos, inoportunos, de la quebrada mansa para sin condiciones ir con saña a abrevar. Sin-haces-cuando, ya la nada ocultará también la sed - Oh mi tierra nada son todos tus caminos. Pero el agua, A quién el agua?
VIII
La soledad del caminante no es comparable a la soledad.
-Marchito avistas la desaparición de los senderos, que alguna vez se ofrecieron a tí. Antes habían sido allanados, frescos de gritos, los suelos.
IX
Pozos, hondos, de clareada superficie continuos van, sí existiendo suspendidos; helos ahí es-carbados contra la tierra mía ya luz, advierte sus orillas de ellas que vienen, hundiéndose precipitándose sobre la inutilidad de una memoria poblada de desoídas voces, anti-tierra, la no-tierra que? pasa por alto los círculos que.
X
Marcas, con atenta precisión las rutas que quisieras. Se resiste, resiste el papel de apilamientos que quisieras, mientras haya luz, esa línea trazará caminos en la tierra aunque te pierdas en el sueño.
XI
Costas tierra son , de inmemorial tiempo deshaciendose en las azules aguas; del erial saciará cada larga boca, su intención de hablar. Con aguas dentadas veré aparecer la ola tan inmensa que vendrá..... quisiera lluvia tan intensa como el mar y sin embargo me estará vedada la diferencia.
XII
Flageladas he pisado yo las lenguas de esta tierra; he andado en ocasiones tras el florecimiento de las rosas.
Ahora comprendo que no lo he hallado.
XIII
Emprendidas menos ausentes con tenacidadses injuriosas hacia el ceniciento oeste, ya las pisadas se oyen. Un más abajo contrae calientes impresiones, cubremanchadas desde el otear del aguila. Esa mirada añora descubrir un reverberar de huesos, espera su aparecimiento. Uno por cada surco que abres en aquí abierta tierra, su-fi-cien-te comparte un dolor de nubes, reparte parecidos llantos. Sí, enhumedece larguísimos, guturales sonidos.
XIV
Qué de mares o de tierras por un galope en el aire, se va deshilachando la silueta que percibiste santa. Hasta que los días se hundan en una construcción absurda.
XV
Ya volveré al Pacífico. Por allí , Oh mi mar que viste de esperas unas hondas pisadas, unas huellas que se han borrado, esas o las mismas, magníficamente borradas; precursoras fueron sin estar a la vista de los entreabrazados ojos, rastreando elgo entre los inolvidables, siempre acechantes golpes de remo; Ah.... las estelas que pude imaginar dejaban, privadas de brazos unas yotras las sucias arenas. Oh-si pudiera saber que ocultaste en tu inocente mano.
"Es una lástima, piensa Marie, que las cosa sólo se vean una vez por primera vez"
(De, "Cámara oscura". En "Corales Rojos" Judith Hermann)
"Sonia era flexible. No me refiero a la flexibilidad física, propia de una vara de mimbre, Sonia era flexible de mente. Es difícil de explicar. Quizás tenía que ver con que me permitiera toda clase de proyecciones. Me permitía almoldar su imágen a cualquier deseo: podía ser una desconocida, una pequeña musa, esa mujer con la que uno se ha topado una vez por la calle y a la que recuerda años nás tarde con la sensación de haber desperdiciado una excelente oportunidad. Podía ser tonta y convencional, cínica e inteligente. Podía ser magnífica y bella, y hubo momento en que era una niña, una niña pálida de abrigo marrón, una niña verdaderamente insignificante; creo que era tan flexible porque en el fondo no era nada"
De: "Sonia" En " Corales Rojos" Judith Hermann. Siglo XXI editores, Madrid, 2000.
Nota: Este libro se abre, o se entrega, con la siguiente cita:
"The doctor says, I`ll be alright but I´m feelin blue" TOM WAITS
" EL hecho es que aquella noche que no quisiste venir con nosostros Chrstiane bailaba delante de mí, encendió la radio y se puso a bailar al ritmo de never know a girl like you before, con cara de cheerleader, el pelo rojo y suelto, reía y estaba preciosa. Markus Werner llevaba el abrigo de piel de su abuela y unos guantes de plástico rosa de los de lavar platos; la piel del abrigo estaba roñosa. -Eres tan ridículo- dijo Christiane, y Markus Werner juntaba la cocaína sobre el espejo de bolsillo formando rayas y no la miraba. Yo no me sentía cansada. Estaba sentada en el sofá, apoyada en él; su abrigo de piel, húmedo de nieve, olía raro; observaba a Christiane rellenarse la boca con pintalabios color ciruela, tenía la boca grande y el pintalabios era afilado como una pluma. Markus Werner levanto los ojos del espejo y miró a la nada."
(De, "Mujer de Bali" en "Corales Rojos". Judith Hermann)